El mar en un frasco

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Los olores, el tacto y todo lo que desprende el medio natural no es reconstruible, está lejos del alcance del hombre que, en su afán de tratar de dominarlo todo, debería comenzar a dejar de lado esa visión antropocentrista radical. 

Si bien teamLab permite realizar un trabajo de introspección y de aislamiento gracias a la abstracción en el sonido, la oscuridad y la imagen que ambienta la sala, no explora nuevas conexiones entre el ser humano y la naturaleza, aunque sí con el entorno.

El Espacio Fundación Telefónica acostumbra a apostar por arte de vanguardia y nuevas tendencias, entre otros contenidos. Es cada vez más usual la utilización de los medios digitales y tecnología como fuente creadora, lo cual no es ningún pecado siempre y cuando este no anule trabajos con formatos tradicionales. El arte no es monopolizable y es de las pocas materias en la que lo tecnológico no ha inundado todo. Sería necesario trabajar para la inclusión de estos nuevos conceptos sin dejar lo demás en un rincón.

El vídeo no es nada nuevo y ha regalado joyas como las obras de Bill Viola, que narran a la perfección la conexión entre el hombre y la naturaleza: el agua y el ser humano, el fuego, el aire. Este podría ser el intento semi- fallido de teamLab, que según sus creadores, “busca ampliar las posibilidades del arte a través de lo digital y generar nuevas formas de relacionarnos con el entorno a través de sus obras”. Semi- fallido no porque no consiga crear conexiones, que lo hace, ni porque no sea una obra de precisión, belleza y sensibilidad, que lo es. Sino por el hecho de que la relación con el entorno es totalmente artificial, haciendo pensar en lo que se siente estando sumergido en el mar, como con “Black Waves: Lost, Immersed and Reborn “, con esos eternos movimientos marinos que aluden a la Gran Ola de Kanagawa de Hokusai, o tratar de sentir el tacto de las mariposas en las yemas de los dedos. Bill Viola expone y relata esas sensaciones, pero no pretende crear una naturaleza artificial. Con propuestas como la de teamlab, es imposible no acordarse de esas películas futuristas en las que los habitantes de las ciudades tenían proyectores con playas o montañas en las paredes. 

A pesar de esto, la exposición posee, como se mencionaba anteriormente, un sonido, iluminación y montaje fabuloso, con toda esa naturaleza artificial creciendo entre las paredes, moviéndose alrededor de uno, multiplicándose gracias a sus múltiples espejos y creando una sensación onírica, casi distorsionada del espacio. Además, cabe destacar que la muestra Enso – Cold Light(2017) consigue transportar al visitante a un lugar infinito e indefinido repleto de luz, de hipnóticos movimientos y de inmensidad. Todo esto gracias a una pantalla. Obviamente es digno de elogio. 

La idea de teamLab no es mala, como tampoco lo es su ejecución. Lo que chirría podría ser quizás el fin. Gracias a la tecnología el arte amplía sus fronteras y crea nuevas corrientes y espacios físicos, así como se hizo en 1989 con el museo ZKM de Alemania o con el ya mencionado videoarte. De lo que se habla es de algo ilimitado, una fuente con agua viva y dinámica que fluye con la sociedad. No obstante, se ha de tener presente que el ser humano está cada vez más alejado de su centro, sin dejar espacio a lo abstracto ni a lo invisible, como mencionaba Nuccio Ordine en “La utilidad de lo inútil”. Es más necesario que nunca devolver al hombre a la introspección sin pensar exclusivamente en aspectos prácticos ni en rédito económico. Lo que no es posible es pretender crear nuevas interacciones entre el ser humano y la naturaleza sin la propia naturaleza. Hay ciertos elementos que no pueden percibirse con unas gafas de realidad virtual, ni dentro de una sala en la que una vez que se apagan los proyectores, el negro es el único color. Los olores, el tacto y todo lo que desprende el medio natural no es construible, está lejos del alcance del hombre que, en su afán de tratar de dominarlo todo, debería comenzar a conformarse y dejar un poco más de lado esa visión antropocentrista radical.

Esto no es cuestión de apocalípticos ni integrados, ya que ni una cosa, ni la otra. En este caso cabe admirar la obra artística y sensorial de teamLab, que ha realizado a través de múltiples trabajos un proceso de interacción del ser humano con la luz, el color y la tecnología digno de análisis y de una valía absoluta. No obstante, también se ha de negar la existencia de nuevas conexiones entre el hombre y una naturaleza inexistente, ya que debería suponer una locura para cualquier persona que haya disfrutado del olor de la sal del mar. Habría que plantearse entonces, el hecho de que la pereza y la comodidad desenfrenada a la que se está acostumbrando la sociedad pueda preferir la foto de la foto a lo que ven los ojos de la realidad.

Lo que hace teamLab es, sin duda, arte. Pero no se puede guardar el mar en un frasco.

El río que es espejo.

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Caleidoscopio. Realidades que son y que fueron hace muchos años. Otras de hace pocos. La voz del pasado que abraza dejando un hueco entre esternón y esternón y susurra al oído que ha de ser asumida. Por otro lado, la voz del presente que grita para ser cantada y seguir existiendo. Para siempre seguir creando y poder conciliar el sueño. Caleidoscopio que simboliza la distorsión de los recuerdos, la mezcla de la oniria y la realidad.

Pedro Almodóvar siempre ha confeccionado personajes conmovedores y especiales en su individualidad. Complejos y fascinantes como seres mitológicos que en realidad, están en el portal de enfrente. Porque el universo de Pedro son las mujeres que charlaban en el patio con su madre, es la vida que transcurre aparentemente bajo el flujo de la normalidad y que es donde realmente reside lo genuino: la identificación con las situaciones que se viven en sus relatos: Ese respaldo en una nostalgia que huele a tu propia vida.

Pedro habla, en parte, de sí mismo y de su universo en Dolor y Gloria, una película que es un regalo para todos quienes aman su cine y su trayectoria, para quienes aman Madrid y para quienes simplemente han amado alguna vez. Una dedicatoria a todos los que, como él, son unos “noveleros”.  Con una estética imposible de no identificar con el artista,  y una emotiva música de Alberto Iglesias que está a la altura de la banda sonora de Los Abrazos rotos (2010) o Hable con ella (2002), se crea una atmósfera de ensoñación y empatía con Salvador Mallo (Antonio Banderas), que hace referencia a Pedro. No obstante, asegura Penélope Cruz que “si bien hay mucho de él en el guion, hay cosas que aparecen en la película que nada tienen que ver con él”.

 Su actuación es notable, calcando las expresiones, gestos y hasta la forma de hablar del artista. Pero también es remarcable el trabajo de Asier Etxeandía, que interpreta a un antiguo amigo de Salvador Mallo y que participa en la película que lleva al director a la fama: Sabor.  Etxeandía protagoniza lo que podría ser uno de los mejores monólogos que haya visto en mucho tiempo: lo interpreta en la íntima sala Mirador y de verdad parece que uno se encuentra en el teatro. Allí, se desgarra, se desnuda y hace viajar a una época de pasión, pero también de gran tristeza. Una infinita melancolía que deja en el recuerdo frases como: Era 1981 y Madrid era nuestro. Salir del pueblo, de la pobreza y la supervivencia para florecer y vivir en el éxtasis en la capital en un momento de efervescencia absoluta. Pero tampoco sabía de aquella Salvador Mallo, todo lo que tendría que sacrificar. 

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Las escenas que hacen referencia a su niñez son ternura y luz dentro de las cuevas manchegas en las que se narra “el primer deseo” y la relación con su madre (Penélope Cruz). Es precisamente uno de estos recuerdos los que hacen de la última escena de la película, una sorpresa bien diseñada que es un homenaje al propio cine. Ese arte que es por y para lo que vive Mallo. Lo cerca que está la realidad de la ficción y el poder del metacine.

Cabe destacar la implícita necesidad de que su madre y él mismo sean interpretados por Penélope Cruz y Antonio Banderas, pues si bien puede resultar reiterativo y obvio, son personas que se han acompañado mutuamente en sus caminos, dándose oportunidades y creciendo como personas y como profesionales en diferentes etapas que, tal y como evoca la película, han sido de dolor y de gloria. Es una película que podría significar el cierre de muchas heridas que todavía escocían, pedir perdón y arreglar cuentas con ciertos fantasmas. Pero, sobre todo, explicar el por qué de gran parte de su obra y su vida, sin dejar a un lado la ficción ni la creación y sin caer en la egolatría.

No es biográfica, ni mucho menos un fácil biopic, sino el agua del río en el que lavaba su madre y sus vecinas la ropa cuando él era pequeño, reflejando su realidad. Con matices y licencias poéticas, pero al fin y al cabo, bajo el mismo sol en el que se secaban las sábanas sobre la hierba en aquel pueblo de La Mancha.

Es un homenaje a El Deseo, a los recuerdos, a quienes ama y ha amado, al cine y a los vaivenes de la vida. Tal y como dice Mallo haciendo referencia al nacimiento de su nuevo texto: “Drama o comedia, eso nunca se sabe”.  Y es que en el fondo, quizás sea lo mismo.

 

Infecciones paulatinas

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Gangrenando los sentidos progresivamente , La Favorita pasa de lo amable a lo incómodo a través de un recorrido sutil en el que se narra una historia de amor y codicia.

Empezando por el final,  deja una sensación similar a la que se puede experimentar cuando se visualiza la última escena de El Sacrificio de un ciervo sagrado, otra película del director griego Yorgos Lanthimos: la certeza de conocer el significado de la misma, pero, a la vez, un estado de angustiosa duda generada por el carácter abstracto e inconcluso que domina la situación.

Lanthimos genera conflictos en un contexto palaciego en la Inglaterra del siglo XVIII:  entre el amor y el poder y a su vez, el amor al poder. Es un relato acerca de la corrupción del ser humano cuando comienza a detentar más permiso del que debería, cuando no se sabe controlar hasta dónde llegar para alcanzarlo y, sobre todo, sobre la degradación de la idea base que lleva a querer adquirirlo: pasar de la supervivencia a la decadencia y miseria del ser humano.  Las tres protagonistas, Rachel Weisz, Emma Stone y Olivia Colman, bordan papeles de gran complejidad emocional, ya sea por la carencia de autoestima y sufrimiento en soledad, como por la ira, la desesperación y el orgullo.

Yorgos consigue a través de una cuidada dirección que el ritmo no decaiga en ningún momento: cada vez va a más en una escala de intensidad de violencia, desequilibrios emocionales y sobre todo, una creciente angustia y extrañeza. Pasa de ser una candidata a película entretenida con toques de humor inteligente – y algo negro- a una excelente composición que genera dudas y desasosiego. Esto se logra, en gran medida, gracias a la música, compuesta por artistas clásicos como  Handel o Bach y otros contemporáneos como Olivier Messiaen, Luc Ferrari o Anna Meredith. Además de una colorida y original dirección creativa y fotográfica que hace que la película sea diferente desde el principio con grandes planos de ojo de pez y gran angular y un absoluto barroquismo y rococó que no deja descansar la vista.

La historia de un triángulo que nunca podría ser equilátero, ya que ninguna de las puntas posee el mismo anhelo.

 

Nubes de alquitrán en cielo azul

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A veces transcurre mucho tiempo fuera de casa y cuando se regresa parece que haber vivido allí ha ocurrido en un sueño. Como si no hubiese existido, los edificios se difuminan y muchos flashes azotan fuerte el cerebro, cegando y creando una sensación de angustia por no saber si de verdad aquello ocurrió ciertamente o ha sido solo un dèja-vu. Quizás al volver a casa aparecen recuerdos de momentos agradables: los olores favoritos o la música especial de las calles que tienen los barrios donde se jugaba.

Este último no es el caso de Camille Preaker (Amy Adams), protagonista de Heridas Abiertas, que retorna Wind Gap, su pueblo natal, para cubrir un reportaje sobre el morboso asesinato de una adolescente.  En una atmósfera de cinismo y falsedad, el pueblo se inunda de pésame y dolor dominical y ni se atreve a mencionar tal acontecimiento- que no es la primera vez que ocurre- y que la periodista está dispuesta a investigar.

Heridas Abiertas cuenta la historia de monstruos que desgarran la piel y devoran la autoestima como si fueran gajos de mandarinas. Un relato de autolesiones, pero también de la manera en la que las obsesiones, las inseguridades y  los problemas mentales de las personas del entorno próximo pueden llegar a pasar factura hasta distorsionar por completo la personalidad y vivir desligado del propio ser.  Es represión y angustia que se desarrolla en ambientes familiares que rozan la distopía, a pesar de ser, por desgracia, una realidad para muchas personas. Es un relato sobre las cargas que se esconden y no se muestran a nadie: la cara oculta de la luna.

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En este conservador pueblo norteamericano, con vecinos encantadores, chalets blancos con un pequeño jardín en la entrada y días de conmemoración de la patria se masca un sabor a plomo y a óxido, huele a podrido y se percibe que algo malo está a punto de ocurrir: los secretos, el pasado de la mano de los traumas y la imagen ficticia que tan bien sabemos maquillar. Todo por la popularidad y el buen ejemplo: el qué dirán. Y quien quiera alejarse de ese irremediable circo consensuado, es un misterioso forastero al que se le mira de reojo por no haberse aprendido bien su papel.

La serie recuerda a Las Vírgenes Suicidas, de Sofía Coppola: es el mismo ambiente de quietud manchado de una oscuridad densa como el alquitrán. Un ambiente que está a caballo entre la realidad y la ficción repleto de poesía y referencias artísticas e incluso mitológicas en el que se mezcla el vodka con las flores, la muerte con el renacer, y la belleza de la oniria con detalles grotescos que se quedan grabados en el cerebro con aguja y tinta. Es punzante, provoca inquietud y desencadena un caos de preguntas que se entrelazan sin remedio y no se pueden responder hasta que, finalmente transcurre la última escena.

Desconcierto ante tal desfiguración. Renacen los traumas.

La sangre, como la mierda que se acumula en las moquetas, se barre de puertas para adentro.

 

Coquinas y chocolate

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No nace del impulso, ni de una idea reveladora, sino que Entre dos Aguas es un proceso lento de crecimiento y evolución que va construyendo su propia forma a lo largo de los años sin mayor adorno que el propio peso de la vida. El proyecto de Isaki Lacuesta comienza hace más de doce años, con La Leyenda del Tiempo, en la que aparecen los dos personajes principales de este nuevo largometraje. Israel y Cheíto, dos hermanos gitanos que viven en La Isla de León, en San Fernando (Cádiz). Israel sale de la cárcel y sus circunstancias son totalmente diferentes a las que vivía antes de entrar. Sus hijas pequeñas no le reconocen y su mujer ya no siente un vínculo afectivo con él.

Entre dos aguas es una historia de superación, de cambios y del reflejo de la España que  por suerte, a muchos no nos ha tocado vivir. La España de las chabolas y de dejarse llevar por el dinero fácil, básicamente porque es el único que se ofrece. Es la España de las latas de berberechos en escabeche para comer un día tras otro y de rellenar bidones de agua para darse una ducha. Pero esto no es más que el contexto de una enternecedora y maravillosa historia en la que destaca el trabajo fotográfico que deja algunas imágenes clavadas en el cerebro por su eterna belleza y su simbolismo: los pequeños y gratificantes momentos de la vida, que a pesar de ser ya un tópico, se representan sin adornos ni falsa belleza: Israel midiendo a sus hijas haciendo señales en los árboles o bañándose en el mar con su hermano como cuando eran pequeños. El amor infinito hacia los descendientes y el esfuerzo por agarrarse fuertemente a una vida que no le ha sonreído tanto como le hubiese gustado, pero que al fin y al cabo tiene esos instantes de inmortalidad.

Es un retrato decadente y tierno que convierte esta película en un collage de sentimientos humanos. No se narra con largos diálogos ni tiene una trama fascinante porque es un retrato de vidas que, al fin y al cabo, transcurren sin efectos especiales. Pero tiene los ojos brillando, tiene el Atlántico gaditano, los paisajes cotidianos y las casas a medio acabar. Tiene actuaciones sinceras que solo muestran verdad.

Y sobre todo, es una fotografía del tiempo. Afirma producción que su objetivo con la película era retratar diferentes historias, rostros, cuerpos, formas de vida y lugares a lo largo del tiempo, capturando la metamorfosis a medida que ocurre. Y es que a lo largo de la película vemos a Israel y Francisco de niños, de adolescentes y de adultos, observando y recapacitando acerca de cómo han cambiado, de las tragedias que han sufrido y de cómo han pasado los años. De todas las vidas que parecen haber vivido. Todo esto acompañado con una banda sonora compuesta por Raul Refree y Kiko Veneno que recrea una atmósfera que refleja la belleza de la sencillez.

Entre dos Aguas, es un retrato de tantas situaciones abrumadoras que cuesta escribirlo. Cuesta explicar cómo una película puede transportar de forma tan fidedigna a la vida de otra persona. No parece uno estar en el cine, sino estar mirando por un agujerito a esa realidad.

Entre dos Aguas simboliza el arrastre del sufrimiento y los traumas que representan los tatuajes de la espalda de Israel, pero también es tirarse al mar desde una lancha un día soleado. La intención de disfrutar un poco de una vida que no ha sonreído tanto como hubiera sido deseado.

Es, al fin y al cabo, la tragicomedia de vivir: recoger coquinas destrozándose los pies para poder conseguir algo de dinero para comer, pero también el chocolate que parece uno saborear cuando disfruta con quienes más ama.

Dicen que el mar purifica.

Quebrarse y renacer.

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Plano cenital. Un grupo de bailarines que realizan escorzos y llamativas posturas. Parece que se rompen, que están poseídos por un ritmo frenético que les separa de lo terrenal, en perfecta comunión los unos con los otros. Minutos de coreografía que pasan manteniendo al espectador hipnotizado por esa especie de ritual maravilloso de cuerpos que se retuercen y se quiebran.

Una compañía de danza francesa celebra la inauguración de una gira que se asegura que será un éxito. Una fiesta dentro una enorme nave de pesadas paredes de hormigón que tiene como elemento principal un recipiente de sangría casera cuyo fin es animar un poco a los participantes, una inocente sangría que recuerda a instituto americano y a botellón de adolescentes. Todos beben de ese zumo sin conocer el componente sorpresa: ingentes cantidades de LSD. A partir de ese momento, los cuerpos comienzan a retorcerse de verdad.

Es la casa del after eterno: Los planos secuencia de minutos, el escenario de habitaciones oscuras y largos pasillos, las luces rojas y verdes y los bruscos giros de cámara acompañados de una música insistente e incluso irritante, provocan tal angustia y claustrofobia que por un momento hace plantearse si uno también está drogado. Este es el principal mérito de Clímax, la película de Gaspar Noé que, a pesar de tener su seña de identidad, sorprende con la temática.

No hay apenas violencia explícita, ni sexo explícito, ni borbotones de sangre, pero esto no implica que la película esté cargada de brutalidad desde que la droga comienza a hacer efecto a los bailarines hasta el final. La ropa parece pegarse al cuerpo, la música está demasiado alta, el sentido común y de la responsabilidad desaparece, las filias y fobias escondidas salen a la luz. Todo duele y pesa: pesa la atmósfera, pesan los ojos y pesan las ganas, en muchos casos, de seguir viviendo. Pesa la humanidad como el plomo. Todas estas son solo algunas de las sensaciones que se hacen sentir a lo largo de la película, en la que podemos vivir por un rato la crueldad y la dejadez del ser humano cuando experimenta una sobredosis tan fuerte y en como la histeria se va traspasando de unos a otros, haciéndoles convertirse en otra cosa: en animales indómitos e instintivos con la personalidad anulada.

La muestra del carácter y la individualidad de los personajes antes de estar bajo los efectos de la sobredosis son fundamentales para comprender más adelante en qué desemboca su subconsciente. Esto ayuda además a entender factores degradantes del ser humano que salen a la luz cuando la guardia está baja: cuando se silencia la ética y desaparece la corrección cultural.

Un retrato de lo desagradable y brutal de la droga que se enmarca en un contexto angustioso e histérico que provoca, en ocasiones, incluso pudor por estar mirando. Como si hiciese sentir culpable o partícipe de esa grotesca bacanal de aullidos de dolor, de risas ante lo inhumano, de sexo insano, de violencia y de crueldad. Culpabilidad porque al fin y al cabo, todos son víctimas: nadie sabe quién ha añadido el ingrediente sorpresa a la sangría.

La escena final muestra a la policía llegando demasiado tarde, abriendo la puerta de la nave y dejando entrar una cegadora luz que contrasta con una noche demasiado larga y para algunos, la última. Y una vez más, plano cenital. Por parejas, solos o en grupo, la cámara repasa cómo ha terminado cada integrante de la fiesta después del punto de inflexión: La bajada de una montaña rusa que ha sido demasiado impactante. Y quien sobrevive, lo tiene que hacer sabiendo lo que ha presenciado.

Plano cenital. Sangre sobre nieve.

Renacer.

EFERVESCENCIA EN EL PANTANO.

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“- ¿Acaso Dios no está en el extranjero?

– Dios sí, pero Franco no”.

En medio de la intensa vida nocturna del “famoseo” del Madrid de 1961, emerge la figura de la mujer que fue denominada “el animal más bello del mundo”, Ava Gardner. Animal por ser indomable, por no haber hombres por encima de ella, por haber cortado su correa y no dar nunca explicaciones. Por fumar, beber, tener sexo con desconocidos las noches consecutivas que considera convenientes, ser exitosa en su trabajo y reconocida internacionalmente, por beber Bourbon en cantidades desorbitadas, dormir desnuda, tener resaca, ponerse un diafragma para poder disfrutar de su placer sin el temor de tener que sacrificar su futuro para ello. Animal porque mucha gente no estaba preparada para ella. Como Ana Mari, una mujer profundamente convencida de su servidumbre al caudillo y a la patria que se cruza en su vida haciéndose pasar por su criada para espiarla. Lo que Ana Mari no sabe cuando entra en esa casa de escándalo es que saldrá de la misma empoderada, con sus esquemas rotos y una mochila cargada de lecciones. Al igual que ella, otros personajes cambiarán su modo de ver la vida y comenzarán a tomar sus propias decisiones aunque otros se vean perjudicados, en consecuencia, por ello.

Y es que Ava representa la antítesis de lo que España dictaba en ese momento y a la vez el punto de inflexión entre la opresión y la marcha hacia delante. Era burbujas en el agua estancada de los pantanos de Franco.

Ava Gardner finaliza esta historia diciendo que adora España porque tiene los mismos defectos que ella: el caos, la volatilidad, la inyección del momento en las venas y en ocasiones, la soledad. Porque Ava estaba sola nadando en una espiral de personas y caras cada vez más desconocidas, de caretas y de falsas amistades y puros intereses. Soledad que parecía evaporarse un rato entre alcohol y desinhibición a pesar de que al día siguiente “no estuviese muy católica”.
Porque era una época en la que la alegría de ser uno mismo y el festejo de la vida tenía que formar parte de la clandestinidad, ya que en ese momento había quién decía qué se podía y qué no se podía ser. O mejor aún: quién. Tiempo de llorar a escondidas por no poder amar ni ser amado de la manera en que uno quiere. Época de silencio y de mentira. Época de ignorancia y de contraste, de atraso con respecto al resto del mundo. Época de miedo al qué dirán, a la dictadura social y política, a la represión y a los prejuicios.

Esta situación se representa de forma cómica y sacando a relucir la otra realidad de la España del momento. Aquella que no vimos porque estaba escondida. Todos los personajes de la serie están caracterizados minuciosamente, permitiéndonos reconocer muchas caras conocidas del spanish star system  y todos juegan un papel fundamental en el transcurso de la misma, ya sean principales o secundarios.  Incluso las fiestas en las que no se puede ni siquiera diferenciar las caras debido a la cantidad de personas que ocupan la sala, están cuidadas al detalle. Todos están “perfectamente maqueados”, como explicaba Paco León, director de la serie, en una entrevista. El ambiente es casi palpable, así como el contraste entre la modernidad y la tradición, los que proceden de la España vacía y los que frecuentan El Chicote.

En definitiva, una curiosa mezcla que adquiere ritmo a medida que avanza, con una maravillosa ambientación y gusto por los detalles que todos los que vivimos en este país podemos reconocer, la jerga del momento y el desconcierto ante la novedad, para bien o para mal.

El contexto lo es todo. Abrir los ojos a distintos modos de vida y realidades puede hacer ver que la educación adquirida no estaba encaminada a la propia felicidad. Quizás sirva para darse cuenta de que se está viviendo la vida que otros quieren y no la que uno mismo desea. Ver que todos los días se acaba el tiempo.

Arde Madrid es beberse una copa de algún alcohol extranjero escuchando flamenco.

Cantar “Franco tiene el culo blanco” sacando la cabeza por el taxi y hacerle una buena peineta a un régimen opresor.

Quitarse la pesa de la dudosa moral y descubrir.

Es llorar al liberarse y poder al fin ascender al infinito cielo de la capital.